
Treinta años de historia, de música y danza se hicieron presentes en una noche que celebró la esencia del folclore de Burgos
Más de 60 bailarines y músicos llenaron el escenario de vida, color y energía. Cada escena se convirtió en un homenaje a nuestras tradiciones, transportando al público a distintas comarcas y momentos de nuestra provincia a través de los cambios de vestuario y la fuerza de las interpretaciones.
El espectáculo contó con la participación de varios antiguos socios que, movidos por la ilusión y los recuerdos, regresaron a bailar junto a las nuevas generaciones, demostrando que el folclore no solo se aprende, sino que se vive y se transmite.
También destacaron varias socias fundadoras que, después de tres décadas, permanecen activas en el grupo, mostrando con su presencia la continuidad, la dedicación y la pasión que han guiado nuestro camino desde el inicio.
Cada instante sobre el escenario, cada giro de los bailarines y cada nota de la música, reflejó no solo años de esfuerzo y aprendizaje, sino también el sentido de comunidad y la alegría de compartir nuestra identidad cultural. Esta actuación especial no fue solo una celebración del pasado, sino también una mirada al presente y hacia el futuro, reafirmando nuestro compromiso por mantener este patrimonio inmaterial.


Los ritmos del norte
”Para trigo Villarcayo, para cebada Medina y para mozas de buen gusto la Merindad de Montija.”
El espectáculo, narrado por un carretero que relataba su propia historia, se transformó en un verdadero viaje por la tradición. Su recorrido comenzó en el norte de Burgos, al ritmo vivo característico de esta zona. Los mozos y mozas bailan a lo llano y a lo agudo al son de la pandereta y de la voz humana, expresión de lo más antiguo y esencial de nuestro folclore.

La tradición del canto de “las Marzas”
“Esta noche entrará marzo de la media noche abajo.”
El viaje continuó hacia Mecerreyes, donde la llegada de la primavera se recibe con el canto de las Marzas la última noche de febrero. Alrededor de la hoguera, la voz de los mozos se eleva hacia el cielo, entre el humo y las chispas, llevando consigo la memoria de un ritual ancestral.

Ya vienen los pastores… Las mayas de Neila
“Dicen que los pastores no saben bailar, “alredor” del caldero buenas vueltas dan.”
Más adelante, en la Sierra de la Demanda, las mayas de Neila adquieren un protagonismo singular. La ausencia de los pastores trashumantes transformó la estructura social y eran las mujeres las encargadas de gestionarlo todo. En mayo bailaban danzas rituales extrañas, arcaicas, a veces muy animadas, a veces enormemente solemnes, pero siempre fascinantes. Cada movimiento es un puente entre la ausencia de los pastores y la fuerza de quienes mantienen viva la vida del pueblo. La música y los pasos no solo se ven, se sienten: el viento entre los pinos y el susurro de los bosques acompañan el ritual.

Un día de “tocar a gordo” en la sierra burgalesa
“¡Oh Reina de los Pinares! ¡Oh bellísima Serrana, Lucero del firmamento, Estrella de la mañana!”
Tras varios días recorriendo los pueblos de la comarca, nuestro carretero llega a Canicosa de la Sierra. Ese día tocan a gordo: la procesión recorre las calles y todos lucen sus mejores galas. La devoción se vuelve tangible con el avance pausado de la comitiva, envuelta por los toques de dulzaina y el repique de las campanas. El rito, profundamente arraigado, une al pueblo en un mismo latido, recordando que la tradición y la espiritualidad son pilares inseparables de la vida de antaño.

Romería serrana
“En Canicosa hay una romería, dan queso, pan y vino después de misa.”
Tras la procesión, la romería llena de música y alegría los parajes de la sierra. Niños y mayores se mezclan en un ambiente festivo, mientras jotas y bailes colectivos se despliegan entre risas y movimientos que parecen flotar en el aire. Es ahí donde se refleja un folclore auténtico, ligado al día a día y a la manera sencilla de festejar lo cotidiano.

Juego, música y danza
“Una alegre mocita ha entrado en el baile… ¡Qué lo baile! ¡Qué lo baile!”
El día de la fiesta es también para los más pequeños. Tras la romería, los niños disfrutan en el campo cantando y bailando canciones de corro, jugando y saltando al ritmo de la música. Entre risas y movimiento, la tradición se vive con naturalidad, compartida y alegre, tal y como ha sucedido siempre.

Un recuerdo de la Bureba
“Desde el mirador de Poza, paréceme la Bureba rico tapiz de trigales, de viñedos y de huertas.”
En su camino hacia el sur, el carretero se encuentra con unos arrieros de Poza de la Sal, quienes le narran la historia de la Villa salinera, transportando su folclore y enseñándole costumbres que él no había podido presentar directamente.

De boda y ruedas de dulzaina
“¡Qué viva el novio y la novia, y el cura que los casó, el padrino y la madrina, los convidados y yo!”
Así, el viaje continúa hacia la Ribera del Duero, donde el día de una boda llena de color y música cada instante. La ronda de los mozos, la bendición de la novia y las ruedas de dulzaina en honor a los recién casados reflejan la riqueza y complejidad de esta tradición.

Lo bien aprendido no se olvida
“Y el que no cante… ¡Qué baile!”
En este punto, los antiguos socios subieron al escenario para vivir un instante especialmente significativo. Volvieron a bailar juntos una pieza de los primeros años del grupo, reflejando la familiaridad, la confianza y el camino compartido. Su presencia transmitía el valor de lo aprendido con el tiempo, aquello que permanece incluso cuando pasan los años.

La alegría de la ribera y el alfoz de Burgos
“Ojitos como los tuyos no los hay en Gamonal, ni en Cortes ni en la Ventilla, ni en Burgos por ser ciudad.”
El carretero pone rumbo a la capital para dar fin a su viaje. En el camino atraviesa numerosos pueblos, donde la música llena las plazas y las jotas suenan vivas al son de la dulzaina. Finalmente llega al alfoz de Burgos, donde el folclore permanece muy vivo, cercano y presente en la vida cotidiana.

Un final para recordar
“Somos folclore, somos familia.”
Finalmente, el cierre del espectáculo reunió a todos los participantes en un gran baile conjunto, símbolo de la fuerza, la unidad y la continuidad del grupo. En ese instante quedó claro que el Grupo de Danzas Villalbilla de Burgos no solo baila: refleja identidad, memoria y vínculo entre generaciones. Somos folclore, somos familia. Y entre los aplausos, comprendimos que el folclore tradicional sigue vivo y que tenemos la responsabilidad de cuidarlo en el presente, transmitirlo con rigor y asegurar su permanencia en el futuro.

